viernes, 22 de julio de 2016

EL FUNDAMENTO DE LA INTERCESIÓN




Pedir a Dios por las necesidades de otras personas, acto que conocemos como intercesión, debería estar presente en las actividades normales de cualquier agrupación cristiana. Sin embargo, es muy probable que muchos cristianos no hayan descubierto el valor y el poder de la intercesión, aun tratándose de una llave que Dios ha puesto en nuestras manos para abrir la puerta de la bendición, de la salvación, de la sanación, de la liberación, etc., que muchos están esperando. ¡Con la intercesión se desata el poder invencible de Dios!

Lastimosamente se han levantado muchas voces poniendo en duda la necesidad de la intercesión, tanto dentro como fuera de las iglesias, con argumentos como estos:

- ¿Para qué interceder si Dios va a hacer lo que quiera?

- ¿Para qué interceder si Dios ya conoce lo que necesitamos?

- ¿Para qué interceder si está todo predeterminado?

- ¿Para qué interceder si Dios no va a alterar el orden natural establecido?

Todos estos argumentos son artimañas del Enemigo para evitar que florezcan nuevos intercesores y para desanimar a los existentes. De hecho quienes apoyan estas premisas están desfigurando el rostro misericordioso de Dios que quiere obrar maravillas en sus hijos pródigos y en sus ovejas heridas y perdidas, por la mediación de los intercesores. Ahora bien, todos estos argumentos erróneos se desmoronan si entendemos bien el porqué de la necesidad de la intercesión.

¿Por qué quiere Dios que intercedamos?. Voy a ampliar la pregunta, ¿por qué quiere Dios que intercedamos si ya conoce todo lo que necesitamos y puede hacer lo que quiera sin necesidad de que se lo pidamos?. Es posible que muchos hayan pensado que el Señor Todopoderoso lo ha querido así para que no nos olvidemos de Él; que de esta manera se fomenta la relación con Dios a la vez que nos hace practicar el amor hacia los destinatarios de nuestras oraciones. Por tanto la intercesión sería, además de una forma de desatar el poder divino sobre tantas situaciones que lo necesitan, una buena herramienta para acercarnos a Dios y al prójimo. Todo esto es cierto y forma parte de los numerosos frutos y beneficios de la práctica de la intercesión pero no nos lleva al verdadero fundamento de su necesidad.

Si únicamente nos quedáramos con estas explicaciones podríamos, sin querer, dar la razón a los que opinan que Dios es un tirano, ya que permite el mal pudiéndolo evitar con su omnisciencia y su omnipotencia. Es decir que si sabe que alguien necesita algo y no se lo concede porque nadie le pide que actúe al respecto, permitiendo que esa persona sufra innecesariamente o se pierda, ¿Dónde está su amor y misericordia? La explicación de esta forma de actuar de Dios tiene su origen en las primeras páginas de la Biblia.

Vamos a empezar por el principio. El relato Elohista de la creación nos dice: «Ahora hagamos al hombre. Será semejante a nosotros, y tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales domésticos y los salvajes, y sobre los que se arrastran por el suelo. Cuando Dios creó al hombre, lo creó semejante a Dios mismo. Hombre y mujer los creó, y les dio su bendición: Tened muchos, muchos hijos; llenad el mundo y gobernadlo; dominad sobre los peces, las aves y todos los animales que se arrastran» (Gn 1,26-28). De este texto vamos a extraer unas palabras clave:

- Semejante a nosotros. Dios (se trata de la Trinidad) hace al hombre semejante a Él. Esto significa que tendrá poder, santidad, inmortalidad, inmunidad total a la concupiscencia desordenada, dominio y gobierno de la creación, es decir, una lista de lo que se llama dones preternaturales y sobrenaturales, habituales y comunes en todos, antes de la caída en la desobediencia.

- Tendrá poder. Dios le otorga poder sobre todo lo creado.

- Llenad el mundo y gobernadlo. Al hombre se le concede la potestad de gobernar el mundo. Dios delega todos los derechos de gobierno a los que están hechos según su imagen y semejanza para que dominen la creación.

- Dominad. Un poco más de lo mismo para confirmar el mandato de Dios a favor del hombre.

En el relato Yavista de la creación encontramos los siguientes textos:

- «Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, sopló en su nariz y le dio vida» (Gn 2,7). Con el Ruah, el mismo Espíritu de Dios, el hombre adquiere su condición a imagen y semejanza del Creador.

- «El Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2,15). Es otra forma de decir que se le otorga el poder de gobernar y dominar la creación.

- «Dios el Señor formó de la tierra todos los animales y todas las aves, y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre» (Gn 2,20a). Este fragmento es un buen ejemplo de la delegación que Dios hace a favor del hombre. Quien pone nombre es el dueño de algo. Dios crea pero no pone nombre, sino que lo entrega al dueño legítimo y legal, según su propia voluntad, para que lo haga.


Para complementar lo dicho aporto este fragmento del salmo 8, refiriéndose al hombre: «Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto bajo sus pies» (Sal 8,6-7). Más citas podrían añadirse al respecto pero considero que ya nos hemos enterado.

Una vez examinados estos textos podemos llegar a la conclusión de que el Señor Todopoderoso, al crear el mundo, instauró una ley, mediante la cual se establece que solamente el ser humano, imagen y semejanza de Dios, tiene la potestad de gobernar la creación ejerciendo el poder y dominio que se le ha concedido. A partir de esto hay que tener en cuenta lo siguiente:

1. Dios ha dado potestad y libertad al hombre para gobernar la creación visible otorgándole derecho legal sobre ella.

2. Únicamente el ser humano puede hacer y deshacer en el territorio que le ha sido concedido. Ningún otro ser, ya sea físico o espiritual, puede intervenir sin autorización de aquel. En consecuencia, todo el ámbito concedido a los hombres es potestad y, por tanto, responsabilidad suya.

3. Al delegar, Dios respeta su propia ley y no realiza nada que pertenezca a la jurisdicción del hombre sin permiso del mismo. La intercesión es una de las maneras de dar permiso a Dios. Quizás la más explícita, junto con la oración de petición. Hay otras formas implícitas de permitir que el Reino de Dios se manifieste con poder, como puede ser la alabanza, la adoración, los sacramentos y mediante la participación del poder de Jesucristo por parte sus discípulos, algunos con carismas específicos sobrenaturales. No olvidemos que es Jesucristo quien tiene todo el poder sobre cielos y tierra, sobre lo visible y lo espiritual. No hay fuerza cósmica, ni humana, ni espiritual que esté por encima de Él. Todo está sometido bajo sus pies.

4. Dios se mantiene firme a su Palabra y a sus leyes: «No es Dios un hombre para mentir, ni hijo de hombre para volverse atrás» (Nm 23,19). No nos engañemos a nosotros mismos, Dios tiene una forma de hacer las cosas y debemos hacer lo posible para conocerla y someternos a su voluntad. Intentar hacer las cosas de otra manera nos llevará al fracaso.

5. Con la intercesión, el hombre da permiso a Dios, mediante acción de súplica u oración, para que active su infinito poder e intervenga en las vidas de personas, en familias, ciudades, naciones, etc… La intervención puede realizarse a nivel físico, psíquico o espiritual. Es decir, mediante la intercesión se puede llegar más allá de la jurisdicción concedida, pero siempre en referencia a temas que puedan repercutir en ella o a personas que le pertenezcan.

6. Todo ser, físico o espiritual, puede sugerir al hombre cualquier cosa para que este proceda de la forma que considere adecuada y se pueda materializar, o no, la proposición. Cuando se trata de Dios, quien sugiere que se ore por algo, la manera correcta de responder es intercediendo según su voluntad. Aunque las sugerencias pueden ser de muchos tipos. Nos pueden llamar a la conversión personal, a abandonarnos a Dios, etc… De forma parecida, el Diablo puede intentar que cedamos a sus pretensiones, ya que también necesita nuestro permiso.

7. Dios se hizo hombre para no transgredir su propia Ley cuando irrumpió en el curso de la historia trayéndonos salvación y derrotando todas las potestades y fortalezas del Enemigo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se ha convertido en el Intercesor por excelencia sentado a la diestra de Dios (cf. Rm 8, 31-34).


La intercesión fue necesaria después de la caída del hombre, ya que en el Paraíso el gobierno ejercido estaba totalmente alineado a la voluntad de Dios, por tanto no existía desorden ni daños que reparar. Según Santo Tomás de Aquino, "como el primer hombre fue instituido en estado perfecto en cuanto al cuerpo, así también fue instituido en estado perfecto en cuanto al alma, de modo a poder luego instruir y gobernar a los otros seres" (Suma Teológica, q. 96, 1). Pero como ya sabemos, llegó el Diablo en forma de serpiente y propuso un acto a Eva y esta a Adán. Ambos cedieron transgrediendo la ley de Dios, con lo que permitieron a Satán apoderarse de lo que Dios había puesto en sus manos. El hombre perdió la comunión con Dios, así como los dones preternaturales y sobrenaturales. La desobediencia le convirtió en marioneta del Diablo. Incluso la misma creación sufrió las consecuencias esta entrada de rebeldía y desorden. A este fatal acontecimiento podríamos llamarlo el gran cataclismo físico y espiritual. El hombre se vio despojado de prácticamente todos sus privilegios pero Dios no cambió su ley inmutable y eterna. De manera que, aún en estas pésimas condiciones, Dios (y cualquier otro), continúa necesitando el permiso del hombre para desatar su poder. El problema surgido con la caída es que la humanidad ha quedado, no sólo desprotegida, sino herida por la soberbia y sus derivados, así como por un desordenado apetito por los placeres terrenales. Esta realidad ha provocado que el hombre haya otorgado multitud de permisos al Diablo, cosa imposible antes de la primera desobediencia, para dominar en el mundo.

Hasta la venida de Jesucristo, únicamente ciertas personas elegidas por Dios podían dirigirse a él para mediar e interceder. Después de la venida de Jesús, todo bautizado puede ser un intercesor efectivo. Más aún, unidos a Cristo, los discípulos pueden participar de su poder para mantener a raya toda inclinación desordenada (que de otra manera sería imposible), participando de la victoria del único Salvador, Jesucristo.

Me gustaría finalizar con algunos puntos importantes sobre la intercesión, sin intención de alargarme demasiado, pues todo lo que aquí se está diciendo se podría desglosar y desarrollar más extensamente. Algunas cosas que considero importantes son las siguientes:

- Muchos planes y propósitos de Dios nunca se cumplirán porque nadie intercedió por ellos. Más aún, muchas personas no se sanarán, no se liberarán, no se salvarán, porque nadie intercedió por ellos. Recordemos aquella cita de Ezequiel que dice: «El pueblo de la tierra oprimía y robaba; al afligido y necesitado hacía violencia y al extranjero oprimía contra derecho. Busqué entre ellos un hombre que levantara una muralla y que se pusiera en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyera; pero no lo hallé» (Ez 22,29-30).

- Dios no hará lo que nos corresponde a nosotros. Es cierto que tenemos a Jesucristo intercediendo continuamente en la presencia del Padre, pero no hará nuestro trabajo, sino que a nosotros, injertados en Él, nos corresponde hacer nuestra parte.

- La intercesión puede modificar los planes de Dios. El anterior texto de Ezequiel es un ejemplo de esto pero también podemos leer el siguiente del profeta Amós: « Esto me mostró el Señor: Cuando apenas comenzaba a brotar la siembra tardía, la que se hace después de la cosecha del rey, vi al Señor creando langostas. Y cuando las langostas ya estaban comiéndose hasta la última hierba, dije: ¡Señor, perdónanos! ¿Cómo va a resistir tu pueblo Jacob, si es tan pequeño?. Entonces el Señor desistió de su propósito y dijo: ¡Eso no sucederá!» (Am 7,1-3)

-Para tener éxito en la intercesión hay que orar adecuadamente. Cuando hablo de darle permiso no estoy poniendo al hombre por encima del Señor. Él lo ha querido así como respeto a la libertad que nos ha concedido según la ley establecida. Cuando invoquemos a Dios debemos hacerlo con respeto, humildad, sumisión, santidad, adoración… «La comunidad estaba de rodillas, en actitud de adoración, mientras el coro cantaba y los sacerdotes tocaban las trompetas» (2Cr 29,28). No olvidemos nunca quien es Él y quienes somos nosotros.

- Para tener éxito en la intercesión hay que orar según la voluntad de Dios. Para ello es importante saberle escuchar. Si se pide algo que no entra en sus planes no se realizará, aunque pudiera parecer la mejor solución. Y mucho menos si se intenta manipular el poder de Dios. Pedir bien es importante. Aquí también entraría el problema de las intercesiones realizadas de forma rutinaria, formalista, egoísta, orgullosa, con escasa fe, sin convicción, sin comunión con Dios, etc… Respecto a la oración mal hecha la Palabra de Dios nos dice: «Pedís y no recibís porque pedís mal» (St 4,3).

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