domingo, 15 de noviembre de 2015

DIOS NO SIEMPRE HACE MILAGROS





“La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, Pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás” (Lc 11, 29-32).

La Palabra del evangelista Lucas, aun teniendo 2000 años, presenta una realidad totalmente actual. Verdaderamente existe mucha maldad en la humanidad, y muchas personas que actúan sin sinceridad ni buena intención, buscan fenómenos paranormales, hechos extraordinarios, sobrenaturales, misteriosos, etc… Si en algún lugar ocurre algo de esto, allí acuden cientos o miles de personas atraídas por la curiosidad o el espectáculo.

            Jesús hacía milagros y esto producía un efecto llamada, también, de personas que no buscaban el buen camino, sino sólo espectáculo. Hoy en día, Jesús sigue haciendo milagros, y allí donde se producen, a través de instrumentos elegidos por Dios, podemos encontrar varios tipos de personas:

  • Seguidores de Jesús, comprometidos con la Palabra de Dios y la Iglesia. Personas de oración.
  • Alejados de la iglesia o inconversos que buscan la Verdad y tienen un corazón abierto.
  • Miembros estériles de la Iglesia de Jesús. Personas que no quieren comprometerse, no oran, no se esfuerzan por obedecer los mandatos de Dios, pero están inscritos en un registro eclesial.
  • Curiosos, buscadores de espectáculos, periodistas o científicos sin intención de abrir su corazón.
  • Instrumentos del diablo con pretensión de hacer daño.


Existe un amplio abanico de posibles disposiciones personales de los testigos de milagros. Lo lastimoso es que demasiadas personas se conforman con las señales extraordinarias externas que hayan podido encontrar, ya sean de Dios o no, y una vez han tenido esa experiencia siguen su camino de perdición. Más aún, para encontrar cosas extraordinarias y sobre humanas, se introducen en lugares y prácticas que les perjudican mucho más de lo que podrían llegar a imaginarse.

A Jesús le pidieron milagros muchas personas. Algunos lo obtuvieron, pero en este caso Jesús responde duramente. ¿Por qué?. Considero que podría ser por alguna de estas razones:

  • Jesús no vino a satisfacer la curiosidad de nadie sino a cumplir una misión, por la cual sanó muchos enfermos y liberó endemoniados, cuando se reunieron las condiciones necesarias para ello, entre las que no figuraba la curiosidad.
  • Jesús no trabaja en un circo ni en un supermercado para dispensar milagros bajo demanda.
  • Jesús no es un curandero, ni tiene curanderos a su servicio. Cuando realiza un milagro es por amor, no pide dinero a cambio y respeta siempre la libertad de la persona.


Quien es tocado por Dios de alguna forma extraordinaria siempre sale ganando y obtiene beneficios espirituales. Nunca encontrará en Dios nada que pueda perjudicarle.

Desde un punto de vista racional, y sin pretender llegar a comprender el actuar de Dios que supera toda racionalidad, me atrevería a mostrar varias posibilidades por las que Dios puede decidirse a realizar milagros:

  • Para producir conversión en la persona que lo recibe, en los que lo presencian o en aquellos que reciben el testimonio. De manera que puede darse en personas alejadas de Dios, y gracias a esta experiencia su vida de un giro hacia la fe en Cristo Jesús. En este caso sucede como cuando Jesús obraba en las multitudes que iban como ovejas sin pastor, abatidas, maltrechas, perdidas.
  • Cuando existe la fe suficiente en el afectado o en aquellos que interceden por él.
  • Cuando quiere manifestar su Poder y su gloria. Él es Dios y tiene todo el poder y autoridad. Él es el Rey de reyes y el Señor de señores y su reino está establecido en la Tierra. Pero estas manifestaciones no son de ostentación sino de declaración, de transmisión, de entrega, de amor, de misericordia. Todo esto, normalmente, sucede en una comunidad orante, o en casos especiales en o a través de una persona también de oración.


En la actualidad, ¿Cuál es el deseo más generalizado entre las personas del mundo? Me atrevería a decir que el consumismo y el espectáculo sin compromisos ni esfuerzos. Con la fe puede suceder algo parecido. Muchos se acercan a Dios únicamente para intentar conseguir cosas y favores, incluso intentan comprárselos mediante sacrificios autoimpuestos, promesas, o cualquier otra cosa, como si de una transacción se tratara (consumismo). También tenemos los que van a las asambleas, retiros, supuestas apariciones y todo lo que “huela” a extraordinario para ver el “espectáculo”.  Estas personas pretenden controlar a Dios, obteniendo lo que desean en el momento que ellos quieren, o les gusta utilizar a Dios para satisfacer su curiosidad. Pero en ambos casos no hay un deseo de conversión verdadero, ni de comprometerse con Dios.

El Señor, lo que más desea es que nos acerquemos a Él, que estemos con Él, que le contemos nuestras cosas  y que le escuchemos. Nos tiende la mano para que nos convirtamos y nos unamos a Jesús como el sarmiento a la vid. Unidos a Él, en Cristo, podemos penetrar en las estancias divinas y presentarnos ante el Padre, podemos participar de la alabanza y adoración celestial. Podemos crecer en la vida virtuosa y beneficiarnos de infinitas bendiciones espirituales. Además podemos participar del poder y la fuerza de Dios, por medio de su Espíritu. Si los milagros no nos acercan a Dios, si no nos cambian, algo no hemos entendido, o no queremos entender.

A este acercamiento, diálogo y comunión con Dios lo llamamos oración, la cual puede tener múltiples formas, y de la que San Pablo en la carta a los Efesios cap. 3, nos ofrece una visión de lo que nos aporta:

  • Hace que Cristo viva en nuestro corazón por la fe.
  • Nos implanta en el Amor de Dios.
  • Nos lleva a conocer y comprender cuán ancho, largo, profundo y alto es el amor de Dios. Un amor mucho más grande de lo que podamos llegar a imaginar.
  • Nos llena totalmente de Dios.
  • Finalmente, Dios nos concede muchísimo más de lo que podamos pedir o pensar, por medio de su poder que actúa en nosotros.


Dios desea que le busquemos con fe,  sinceridad, humildad, arrepentimiento, con todo nuestro amor y con todas nuestras fuerzas. Si Ponemos en práctica todo lo que nos ha sido dado, Dios nos ayudará dándonos lo que nos falte. Pero sobre todo necesitamos pasar ratos a solas con Él. Debemos desear amarle más, morir más a nosotros mismos, a nuestro amor propio. Comprender  que todo es gracia, que no podemos hacer nada separados de Jesús. Debemos buscarle por amor, no por miedo ni por interés propio. Debemos buscar el progreso espiritual por amor a Dios, para estar más cerca de Él, para agradarle más, para darle una alegría, para que no sea yo, sino Cristo quien vive en mí, y en unión con Cristo y en Él, demos gloria a Dios, hablemos sus palabras, amemos con su amor, realicemos sus obras, porque será el mismo Jesús quien lo realice a través nuestro.

Ante todo esto podemos preguntarnos algunas cosas como estas:

  • ¿Cuándo hay que orar? Todos los días y si fuera posible a toda hora. Es imprescindible fijarse una hora al día para retirarse a estar en la presencia del Señor. Al principio puede costar un esfuerzo pero si se crea el hábito será más fácil mantenerlo
  • ¿Dónde hay que orar? En un lugar que podamos estar tranquilos. Dios está en todos los lugares.
  • ¿Cómo orar?. Básicamente es un diálogo. Podemos alabar, adorar, pedir, interceder, etc… Pero también debemos aprender a escuchar.



            He empezado hablando de los milagros y he acabado con la oración. Realmente el milagro más importante es nuestra transformación a imagen de Cristo, nuestra santificación. Solamente Dios puede realizarla, eso sí, si nos acercamos a Él.  La palabra de Lucas, del inicio, nos dice que los habitantes de Nínive se convirtieron después de que Jonás predicara, y la Reina del Sur atravesó desiertos para oír hablar a Salomón. Todo eso no es nada comparado con la venida de Jesús y con su presencia entre nosotros a través de su Espíritu. Tampoco es nada comparado con las obras poderosas y milagros de Dios. Quizás a nuestra generación también la juzgarán personas que con mucho menos se convirtieron y se entregaron sin medida a Dios para glorificarle y darle gracias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario