martes, 1 de septiembre de 2015

TU HERENCIA ESPIRITUAL



«Has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos» (Dt 7,9)
«nuestros padres pecaron: ya no existen; y nosotros cargamos con las culpas» (Lm 5,7).

           Una vez oí a una mujer predicadora decir que cuando ella muriera quería dejar como herencia a sus descendientes el hábito de leer la Biblia. Esto lo mencionó durante una enseñanza que trataba sobre las herencias espirituales. Es fácil observar como las personas nos esforzamos mucho en dar riquezas materiales a nuestros hijos o parientes para asegurarles el futuro material, pero muy pocas veces, o ninguna, se nos enseña sobre el valor y la importancia de las herencias espirituales. De hecho, es mejor ser pobre y entrar en el reino de Dios que ser rico y tener los pies en el infierno. Es más importante una buena herencia espiritual que una material, aunque pueden ser complementarias si en todo se busca hacer la voluntad de Dios y no nos alejamos de Él.

         De la misma manera que podemos dejar una herencia, también podemos recibirla. Ahora bien, en nuestras manos está cortar con lo malo que nos ha llegado y dejar cosas buenas a nuestros descendientes. Seguramente, todos tenemos esta buena intención en nuestro corazón. Pero las buenas intenciones no sirven para nada si no van acompañadas de hechos concretos. E incluso me atrevería a decir que los compromisos y hechos concretos muchas veces no dan los resultados esperados porque como dice la Palabra de Dios, «Pedís y no recibís porque pedís mal» (St 4,3).

     Probablemente, aquellas cosas que deseamos quitar, e incluso nos esforzamos en hacer desaparecer de nuestras vidas se resistan y vuelvan a renacer una y otra vez sin que entendamos por qué nuestros esfuerzos no dan resultado. Los motivos pueden ser varios, pero una de las posibilidades de fracaso puede proceder de una herencia espiritual de nuestros antepasados. Para tener una imagen más gráfica, imaginemos que nuestro corazón es un jardín precioso donde crecen plantas y flores hermosas, pero de repente emerge una planta, que nos perjudica, nos invade y estropea el jardín. No nos deja progresar espiritualmente, o incluso nos aleja de Dios. Si hemos tomado la decisión de seguir a Jesús y descubrimos la presencia de esta planta, seguramente haremos lo posible para cortarla y así librarnos de sus efectos negativos. Quizás con esto sea suficiente, pero quizás no. Todos conocemos que existen vegetales que aunque se corten de raíz, vuelven a brotar, siendo algunos verdaderamente complicados de erradicar. Esto sucede porque sus raíces se mantienen vivas. Aunque cortemos la parte visible, sus raíces no mueren. Lo mismo sucede con las herencias espirituales perjudiciales. Podemos eliminar la parte visible pero si no destruimos totalmente sus raíces, no nos libraremos de sus perjuicios de forma definitiva.

       ¿Qué cosas podemos heredar que nos afecten espiritualmente en el presente? Básicamente se trata de problemas, debilidades, enfermedades, limitaciones o pecados persistentes, cuyo origen y subsistencia no encuentran un razonamiento humanamente comprensible. Temas contra los que, aunque se luche y se controlen por un tiempo, no acaban de desaparecer y emergen o permanecen contra la voluntad de la persona. A veces la medicina moderna y la psicología aplican terapias para paliar o enmascarar el problema pero sin capacidad de solucionarlo definitivamente. Repito, que estos asuntos no tienen un origen exclusivo en temas intergeneracionales. Si los tuvieran, bajo discernimiento y oración deberían ser tratados como tales. Si no, deberían tener otro tratamiento.

         Para concretar un poco, a continuación ofrezco una lista, no exhaustiva, de estas cosas a las que me refiero, cuya procedencia generacional nos pueda perjudicar o condicionar de alguna manera: Negatividad, amargura, ira, murmuración y derivados de la lengua, mentiras, robo, asesinato, malos tratos, pecados y desviaciones sexuales, hechizos, brujería y cosas relacionadas con lo oculto y prohibido por Dios, divisiones, alcoholismo, suicidios, muertes prematuras en la familia, depresión, enfermedades mentales, limitaciones físicas o psicológicas, brutalidades, fracaso matrimonial, abusos, abortos, etc…

       No significa que nosotros estemos practicando alguna de estas cosas, pero sí podemos estar sufriendo algún tipo de opresión u obsesión con raíces en decisiones y hechos de nuestros antepasados. Aunque también puede ser que sí lo estemos realizando, sin entender muy bien por qué nos sentimos tan inclinados hacia algo que nos disgusta e incluso nos aparta de Dios, pudiendo llegar a hacer nuestras las palabras de Pablo: «No entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero, sino aquello que detesto» (Rm 7,15).

        No debemos olvidar que el Diablo aprovecha cualquier ocasión para perjudicarnos y alejarnos de Dios. Así pues, cuando se realiza un pecado, es decir un acto de rebeldía a Dios, cuanto más grave sea mayores consecuencias tiene, llegando a otorgar cierta autoridad y dominio al Diablo en nuestras vidas, llegando a poder hipotecar y condicionar la de nuestros descendientes. Es nuestro deber cortar con lo heredado que no proceda de Dios y luchar con las armas espirituales que Dios pone a nuestro alcance por una vida de santidad con hábitos cristianos, dignos de ser heredados por nuestros hijos. Y así, en lugar de tener inclinaciones y debilidades que les lleven a la condenación, hereden virtudes y dones que les lleven a glorificar a Dios eternamente.

«Tú que vives bajo la protección del Dios altísimo y moras a la sombra del Dios omnipotente,
di al Señor: "Eres mi fortaleza y mi refugio, eres mi Dios, en quien confío".
Pues él te librará de la red del cazador, de la peste mortal;
te cobijará bajo sus alas y tú te refugiarás bajo sus plumas; su lealtad será para ti escudo y armadura.
No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela por el día,
ni la peste que avanza en las tinieblas ni el azote que asola al mediodía.
Aunque a tu lado caigan mil, y diez mil a tu diestra, a ti no te alcanzarán.
Te bastará abrir los ojos, y verás que los malvados reciben su merecido,
ya que has puesto tu refugio en el Señor y tu cobijo en el altísimo.
A ti no te alcanzará la desgracia ni la plaga llegará a tu tienda,
pues él ordenó a sus santos ángeles que te guardaran en todos tus caminos;
te llevarán en sus brazos para que tu pie no tropiece en piedra alguna;
andarás sobre el león y la serpiente, pisarás al tigre y al dragón.
Porque él se ha unido a mí, yo lo liberaré; lo protegeré, pues conoce mi nombre;
si me llama, yo le responderé, estaré con él en la desgracia, lo libraré y lo llenaré de honores;

le daré una larga vida, le haré gozar de mi salvación» (Sal 91)

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