jueves, 21 de mayo de 2015

ESPÍRITU SANTO, TE NECESITAMOS

         


         Es muy importante estar llenos del Espíritu Santo en nuestros días porque estamos en un tiempo de dificultades, de engaño, de perversiones, de gran frialdad…, es decir de pecado en abundancia, sin límites y permitido, por doquier. Estamos rodeados de mal. Es como una plaga contagiosa donde solamente los más fuertes podrán resistir. ¿Quién nos da la fuerza y el poder para vencer?


          Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos» (Mt 24,4-5). Así es el mundo de nuestros días. Vienen muchos, quizás no diciendo “yo soy el Cristo” explícitamente, pero si algo parecido como: aquí encontrarás la felicidad (Filosofías, prácticas religiosas no cristianas, esoterismo, etc…); no te preocupes, todo está bien (negación del pecado); Todo es lo mismo (sincretismo /religioso); Yo soy la solución (líderes políticos o religiosos, cristianos o no), etc… Hay multitud de mensajeros y mensajes falsos que atacan nuestra mente cada día. Esto puede causar una distorsión de la Verdad de consecuencias inimaginables. ¿Cuántas felicidades baratas se ofrecen cada día?, ¿Cuántos pecados son mostrados como fuente de felicidad? ¡Cuántas manipulaciones de la mente! ¿Quien nos trae la Verdad?

          Jesús dice: «Aumentará tanto la maldad, que el AMOR se enfriará en la mayoría. Pero el que permanezca firme hasta el fin, se salvará» (Mt 24,12-13). Con un simple razonamiento podemos discernir que si se enfría el amor entonces crecen las discordias, los odios, los maltratos y las traiciones. Porque el corazón del hombre siempre está lleno de algo, ya sea amor u otras cosas. De manera que si uno crece el otro disminuye. ¿Quién trae el amor a nuestro corazón?

        Todos estos peligros los encontramos en el Mundo, como lugar privilegiado para su libre desarrollo, como también dentro de la Iglesia, en mayor o menor medida. Pero lo más peligroso es que a veces se presentan de forma tan sutil que pueden pasar desapercibidos para la mayoría de las personas.

          Entonces, ante esta realidad, llena de dificultades, engaño, pecado, falta de amor, etc… Es decir, ante una realidad problemática, ¿De qué manera debería actuar un cristiano? Podría hacer lo siguiente (que de hecho es lo que está de moda):

1) Analizar la situación;
2) Convocar una reunión o una mesa redonda;
3) Exponer cada uno su punto de vista;
4) Intentar buscar un acuerdo que satisfaga a todas las partes, o al menos a la mayoría;
5) Fijar unos objetivos;
6) Convocar otra reunión. Si no se llega a un acuerdo, intentar no ser muy radical para no molestar a la otra persona, siempre buscando la paz y la harmonía.

        Y ¿Cuál es la solución que presenta Jesús para este tipo de situaciones? Él nos dice: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo! […] ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división.» (Lc 13,49.51). ¿Cómo es posible que Jesús diga que trae división si en el Evangelio de Juan hace una preciosa oración para la unidad y lo que desea es que estemos unidos? (cf. Jn 17).

        Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Jesús es la «luz que brilla en las tinieblas» (Jn 1,5). Esta Luz vino al mundo, pero no fue bien recibida (cf. Jn 1,11). Ahora bien, «a quienes le recibieron y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Y «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6). Si somos Hijos de Dios hemos de saber que el mundo nos odiará y seremos perseguidos (cf. Jn 15,18). De hecho, Dios ciertamente ha venido a traer división porque al traer la luz, las tinieblas se rebelan. De manera que se produce división entre los que elijen la luz y los que prefieren seguir en las tinieblas. Esto es una guerra entre Satanás y sus aliados (mundo y carne), y Dios y sus aliados. Entre las tinieblas que han reinado en el mundo hasta la venida de Jesucristo y la Luz que trae la verdad y la vida.
Jesús ha venido a traer Fuego: el fuego del Espíritu Santo. Y dice que ¡cómo querría que el mundo estuviera ardiendo de ese fuego! Jesús está pensando en el momento del envío del Espíritu Santo a sus discípulos, de ese fuego santo que lo cambiará todo. Porque:

- El Espíritu Santo nos da la fuerza y el poder de Dios para combatir las fuerzas y el poder del mal (cf. Rm 15,18-19)

- El Espíritu Santo nos revela y nos hace entender la Verdad de Dios (cf. Jn 16,12-13)

- El Espíritu Santo nos llena del Amor de Dios, derramándolo en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)

         Entonces, si estamos bautizados, tenemos al Espíritu Santo en nuestro corazón, pero, aun así, pregunto: ¿A quién nos parecemos más, a la gente del mundo o a un verdadero hijo de Dios? Realmente ¿en nuestra vida se manifiesta la fuerza y el poder de Dios? ¿Somos fieles a la Verdad, consecuentes con lo que decimos que creemos y aplicamos la Palabra de Dios en todos los aspectos de nuestra vida?¿Nuestro corazón está lleno del amor de Dios, o hay de todo y además muy desordenado?

        Pero…. ¿no estamos bautizados y tentemos al Espíritu Santo? Entonces, si no vivimos la plenitud de los hijos de Dios, es que algo está fallando. Pero, ¡Atención!, Dios nunca falla.

        Debemos tener en cuenta que no es lo mismo tener al Espíritu Santo en nuestro corazón que tener al Espíritu Santo controlando toda nuestra vida. Por eso es tan necesaria la Efusión de Espíritu, ya que de esta manera se le permite recuperar lo que le pertenece porque Jesús lo ha comprado a precio de sangre pero nosotros se lo hemos vuelto a arrebatar, impidiendo que el Espíritu Santo obre como le gustaría. La efusión del Espíritu es la oportunidad que le brindamos para “ganar terreno” en nuestro corazón, para reconquistar aquello que nosotros, como consecuencia de nuestro pecado y alejamiento, de nuestros miedos, de nuestras heridas, etc., le hemos ido quitando, y por tanto hemos ido limitando y bloqueando su obra en nosotros.

      Lo cierto es que si no dejamos al Espíritu Santo obrar en nuestra vida como le plazca nos hacemos vulnerables a los ataques de nuestros enemigos y limitamos nuestro desarrollo espiritual, con todo lo que esto conlleva, como puede ser la escasez de carismas. Y si dejamos al Espíritu Santo realizar su obra en nosotros, ¿Qué puede suceder? Cosas como estas:

- Una profunda percepción de la presencia y del amor de Dios y del Señorío de Jesucristo
- Un crecimiento de la intimidad con Dios en la oración, así como mayor fidelidad a la misma.
- Mayor hambre de la Palabra de Dios y de los sacramentos
- Mejor entendimiento de la Palabra de Dios.
- Nuevas fuerzas y deseos de dar testimonio con poder y valentía
- Crecimiento de los frutos del Espíritu Santo (paz, amor, alegría, gozo…)
- Manifestaciones de dones carismáticos. Sobretodo el don de lenguas
- Una mejor percepción y experiencia de los impulsos y la guía del Espíritu Santo
- Percepción de la realidad del combate espiritual
- Llamada a la purificación y a la santidad. Mayor sensibilidad al pecado
- Necesidad de servir a los demás, de amar, de interceder…

¿Cómo podemos tener una efusión de Espíritu provechosa?

1. Arrepintiéndonos de nuestro pecado y reconciliándonos con Dios.
2. Perdonando a nuestros enemigos
3. Amando a Dios y poniéndolo en el primer lugar.
3. Teniendo la firme voluntad de obedecer la Palabra de Dios.
4. Haciendo morir a nuestro Yo para que el Espíritu Santo gobierne nuestra vida.
5. Deseando de todo corazón al Espíritu Santo
6. Confiando en el Espíritu Santo y desterrando todos los miedos
6. Pidiendo a Dios la llenura del Espíritu santo


¿Estáis dispuestos para lo que el Espíritu Santo quiera hacer en vosotros?
¿Estáis dispuestos a que el Espíritu Santo guíe vuestras vidas?
La Biblia nos dice que «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» Rm 8,14.

Oración:

Señor, tú dices en tu Palabra: «Todos los que tenéis sed, venid a beber agua» (Is 55,1). Queremos decirte, Señor, que tenemos sed de tu Espíritu. Deseamos que hoy se cumpla tu palabra y envíes al Espíritu Santo para que realice su obra en nosotros. Porque tú nos dices: «Os aseguro que el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre. […] Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). Y nos recuerdas que si nosotros que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, «¡Cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» (Lc 11,13). Por eso, te pedimos Padre, en el nombre de Jesús que envíes tu Espíritu Santo sobre cada uno de los que estamos aquí para que podamos recibir una fructífera efusión de tu Espíritu. Te pedimos, Señor, que vuelvas a pronunciar con tus labios aquellas palabras que dirigiste a tus Apóstoles, esta vez sobre nosotros: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Amén.

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